Después de un fin de semana donde lo que no lo analicé me sorprendió en un sendero de olvidos
es decir de aquello que sin siquiera quererlo ya no lo encontré por ningún lado de mi conciencia
quise encontrar una nueva manera de hacer las cosas, de relajarme por mí misma
y simplemente reaccioné ante la inmensidad que se me presentaba un combo perfecto para mí
Libertad, espacio, tiempo, juventud y actitud, situación que no funcionó opuestamente a lo que ya venía haciendo, simplemente generó ansiedad por todas las alternativas que me ponía frente a mi.
Era yo, con una cámara pero sin ganas de tomar fotos, era yo con una casa pero sin ganas de dormir en ella, era yo con una ilusión pero sin ganas de volver realidad, y era un yo titubeante ante hacer lo que deseaba o lo que generalmente termino haciendo, que no es ni lo que deseo pero lo que decido y quiero para mí.
Esa confrontación con lo que escondes día a día, esa sensación de estar fuera de lugar, pero con la posibilidad de llenarlo de nuevas experiencias y la impotencia de no saber cómo empezar.
Es una contradicción encontrarte donde te imaginaste sería el mejor punto y no sentir lo que creíste sentirías.
Yo miraba hacia adelante sin pensar en el pasado pero tampoco al presente, es correr descalzo sin saber que hay en el suelo, y ponerte los zapatos sin tener un itinerario.
El reloj no decía nada, ni siquiera mis sentimientos, postrada al fondo de un pozo cavado en el mar.
Inmensidad escalofriante, ya ni mis amistades parecen compañía, soy yo en este mundo nuevo, soy yo y lo que no sé como hacerlo.
Me enfermaba una responsabilidad de mí misma, y una cantidad inmoderada de excitación ante lo adrenalinico. Ellos mirándome, preguntándose sí pudiera ser yo en algún momento parte de un encuentro, mientras tanto, la vista pérdida, pensamientos revueltos, soledad disfrazada de seguridad, un ambiente de recargado de detalles a explorar y sin apertura aún.
Falta de identificación, era yo... sólo yo.
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