Frente al espejo me he mirado diferente,
es justo ya no desear ser perfecta
me siento fresca, sobresaliente,
muy poco de más, casi nada de menos.
Cosa rara, muslos apretados que se cercioran de lucir esa fuerza
una cintura un tanto acotada por el fulgor de un torso de guerra
el ombligo se ríe seriamente de aquellos pechos
que más que amigos son enemigos separados por un esternón en relieves.
Mi cabeza luce pequeña en comparación con mis hombros,
esos que ante la oportunidad avasallan las esquinas e interrumpen las miradas
y cualesquiera que fuera mi cuello, ha sido partícipe de mis batallas,
es de una textura formidable y su longitud recorre montañas.
Perseverantes glúteos acelerando el viento que golpea mis pestañas,
y las pantorrillas que gustan de esconderse tras las faldas
después de sudar la gota gorda en la escalada.
Un cabello castaño que no promete nada
aunque recientemente luce cálido y me agrada
podría jurar que cualquiera está celoso de mi almohada
y de estos ojos que de coquetos empalagan.
Escucho el rugir de mi voz, mientras junto éstas pequeñas manos
son santuario de mis acciones, de mis arrebatos
y presas de lo que este sensible corazón me ha dejado
que aunque es invisible le roba morada a mis pulmones,
dichosos del aire que siente mi piel al abrir mis brazos,
rellenos de caricias, miradas y creaciones.
En conjunto la modestia de mis pies no menciona nada,
soy relación de ventaja y desventaja
es la belleza cosa curiosa, innegable razón de ser
que por mi boca jamás pasó una velada.

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